Quizás...la poesía
Quizás la poesía está esperando que alguien la descubra, la desgaje, la sorprenda. Quizás la oesía sólo sea una mancha oscura sobre papeles abandonados en olvidados cajones o echados al vinto. Quizás sean sólo silencios, que despiertan de su letargo bajo el azul de la tinta, bajo el halo de luz de la amarillenta lámpara que vaga por interminables cielorasos. Quizás sea el manifiesto lúgubre de cenicientas damas cabalgando la noche oscura de tinieblas. O la sonrisa vedada que atraviesa barrotes y escala gruesos muros de cárceles abandonadas de palomas.
Quizás la poesía está acechando en los recodos de todos los caminos, para saltarnos encima y hurgar nuestros vacíos bolsillos de sueños, llenándolos de contradicciones, de preguntas, de respuestas, de amores. De soles y lunas, de lluvia, de atardeceres grises, de amantes que se dejan seducir por el brillo de sus ojos, tal vez de arrepentimientos o de muerte.
Esa poesía que nos acecha, que nos sonríe, que disimula su silueta en el vaho de la noche, que nos confunde en el insomnio, que se recuesta en nuestros brazos, es la que nos llama, es la que nos tiende su mano ágil, su mano amiga. Esa poesía es la que nos acompaña en silencio en cada despertar, la que se mezcla con el común de la gente para que sigamos sus pasos. Esa poesía está aquí, con el fondo blanco de estas páginas abiertas, para que la copulen las miradas.
Buenos Aires - Abril 2000
María Pugliese
Buenos Aires - Argentina
Desnudos
I **De ida
dijo
***que el vendió sus obras a Chico Buarque en Bahía
***y que los tres días más bellos fueron en Estocolmo: comían dormían
***hacían el amor
***por la mañanas una pareja de cisnes los despertaba
De vuelta
***el olor a miseria invade todos los sentidos...
***la miseria desnuda...pero oculta los cisnes
***con velos de tristeza
II
***Ama y no se desviste
***Centinelea puertas
***¿Que se cierran?
*** Hacia dónde ir desde este lugar?
III
***La certeza pende
*****************su flanco ámbar
***inquebrantable
Súplicas
Al principio un incendio
***dispersa la tinta en el papel
***tibia madeja
***que disemina lenguas entre llamas
********************************No hablamos
descorre velos
cada mañana
arrea por la casa
el sabor de las manos
los pliegos en la ropa
pan **agua
********************************Que no quede nada
Un principio un incendio.
Es de noche.
Cae en su peso
la pluma de pájaro.
Agoniza.
Su hálito humea
el metal y los vidrios
*********centelleo de brasas
*********de cenizas
*********************************Eso
¿Llueve?
***********Súplicas y viento
Eso queda
hostigos
***********************anagrama
este cuerpo retiene al amado
por fragmentos
y a su memoria deshace
***************el anagrama
*************************primero la intención
*************************después la complacencia
*************************después el látigo
*************************último látigo
***********************lágrima
despeñe
en el vértice de la mirada
las yemas
********como hacinas
devuelven su perfil
a cada cosa
***********************pero la sangre...
******************************la sangre es un punzón
***********************************************que clama
************************sacrilegio
de nuevo
un sitio en punto muerto
**********************************el amor advierte
**********************************el dolor muerde los postigos
Pies
Con sudores y cansancio
sostienen
su laberinto de venas
sus trasmallos de sendas
No hay regreso
Aquí él roza la tierra
con el pico
más allá
eslabones de pies
sustituyen huellas
María Pugliese nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, en 1957. Poeta y
ensayista.
Obra editada en poesía:
De uno y otro lado, Ed. Filofalsía - Buenos Aires 1988
Esquirlas, Ed. La rama dorada - Buenos Aires 1990
Viento y cenizas y otro poemas, Hojas de Sudestada - La Plata 1990
Sobre un puente de cañas, Ed. Arché - Buenos Aires 1991
Voces como furias, Ed. Último Reino - Buenos Aires 1996
Ensayos
Francisco de Quevedo o las máscaras de una carcajada - 1991-00
Ausencia y silencio en la poesía de Alejandra Pizarnik - 1991
Templos de silencio - 2000
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Balada del Álamo Carolina
por Haroldo Conti
Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre
volverá. Tú, florece
(Anónimo japonés)
A Teresa Bruzzone, que vive entre los árboles
Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.
Este álamo carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos. Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos. Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.
Ahora es un viejo álamo carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.
Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo carolina recuerda. A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descansó un rato y luego emprendió el vuelo. Recién dos veranos después cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó su nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol florecido de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agitarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.
Al final del verano los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde de fronda.
Ese verano fue el mismo ferrocarril. Antes viene la casa. No vio la casa por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae alguna voces. Con todo él ha llegado hasta la casa en alguna forma a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aún por dentro, ha visto al hombre flaco y duro, con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera. Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las descascaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño, ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol, de la tierra.
El ferrocarril pasa por detrás de la casa pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra. Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón. Al este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y toda sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande , el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los árboles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó una de sus delgadas ramas subterráneas en aquella dirección y recibió la respuesta. No era un árbol más grande era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.
¿Por qué no estaba allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada rama un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus hermanos, noche a noche. Esta y muchas otras porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duermen propiamente, se adormecen, sobretodo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra. Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvelado vuela hacia la luz de la casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo. En este mismo momento, en esa noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormirse y sueña con una suave marea de espigas amarillas.
Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticia del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa con chimenea y todo corría sobre la tierra, y supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo,
que entonces no era tan viejo pero sí árbol completo, sintió por primera vez el dolor de su fijeza. El sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al comienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había aprendido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vuelos. El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol músico.
Todo esto se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza. Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha a adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos. Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra. Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. El sol para este tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol. Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de las ramas, y se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa. Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco.
Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.
Tigre, mayo de 1974
de La Balada del Álamo Carolina
Buenos Aires 1975 - Corregidor
Haroldo Conti
Hijo de un caudillo de pueblo y tendero ambulante, sus datos biográficos son insólitos: fue seminarista de los salesianos en dos oportunidades hasta que termina su formación filosófica en el de Villa Devoto. También de allí se aleja. Trabaja como actor, como empleado de banco, forma una sociedad de transportes con camiones acoplados, se recibe de piloto civil. Comienza la carrera de Filosofía y Letras. Descubre desde el aire la zona del Delta. Su obra Examinado (1955-6) es seleccionada para ser leída en el teatro Odeón. Recibe en 1960 el premio Life por su relato La causa (1960). Simultáneamente, mientras construye un barco para navegar por el Delta, proyecta su novela Sudeste que aparece en 1962 y es premiada en el concurso de Fabril Editora. Trabaja como docente en colegios secundarios. Publica Todos los veranos en 1964. A los dos años Alrededor de la jaula, novela premiada en México. Al año siguiente publica un volumen de cuentos, la mayoría inéditos, titulado Con otra gente (1967). En 1971 su novela En vida gana el premio Barral. Vinculado a la actividad cinematográfica desde 1952, año en que había sido asistente cinematográfico, realiza el guión en 1974 de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro que dirige Nicolás Sarquis. En 1975 aparece un tomo de cuentos, la mayoría inéditos, La balada del álamo Carolina y la novela Mascaró, el cazador Americano, que obtiene el Primer premio de la Casa de las Américas (Cuba). Notoriamente marcada por las técnicas de la ficción norteamericana, Sudeste, la novela más renombrada de todas las de Conti, tiene en sí, como en una matriz, las líneas del posterior desarrollo de su narrativa. Es posible leer en aquella novela el estilo austero, contenido saturado de informaciones que no tienen otro propósito que el de lograr ese efecto de verdad que el realismo americano procuraba. Es susceptible ver en el Boga, protagonista de la novela, la traza de El viejo y el mar de Hemingway y de la filosofía de la existencia (Camus en particular).
Pero lo diferente es lo más recuperable; como resultado global, una de los mejores novelas realistas argentinas, sin pedagogía, que aclimata los códigos de verosimilización que circulaban durante aquellos años: el realismo cinematográfico y el realismo narrativo. Incorporando una comarca, la del Delta, una temática, la que el Boga (con la pluralidad de significados a los que alude ese significante : derivar sin rumbo por la vida, transcurrir la temporalidad sin sentido) representa, un estilo, reelaborado, obsesivamente minucioso, plagado de matices. Su otra novela importante es En vida. El protagonista, Oreste, es como el Boga arrastrado por la vida y por la memoria. Las ficciones de Conti tematizan el fluir de la temporalidad. Prevén un clima moroso sostenido por ese nivel de información que las ancla en lo concreto. Literatura de registro de objetos, de gestos. El inventario que se narra de situaciones triviales, de acontecimientos absolutamente cotidianos: encuentros con amigos, comidas, paseos sin rumbos, las convierten en los exaltado por esta novela. Estar en vida es gozar de esas cosas erráticamente, aprovechando el instante. Ficción que realza lo más banal busca en los matices lo imperecedero. Su última novela Mascaró se inscribe en el boom de la novela latinoamericana. Oreste es el protagonista, como en la anterior, pero lanzado a vivir una aventura hiperbólica como acompañante de un circo que recorre pueblos pertenecientes más a un plano de piratas que a una geografía real. Mascaró, el cazador americano, metáfora de la revolución, Haroldo Conti sintió siempre la unidad del hombre con su mundo. Participó directamente en las luchas de liberación de nuestro pueblo y fue desaparecido por la Dictadura Militar el 5 de mayo de 1976.
Novelas
Sudeste (1962)
Alrededor de la jaula (1966)
En vida (1971)
Mascaró el cazador americano (1975)
Cuentos:
Todos los veranos (1964)
Con otra gente (1967)
La balada del álamo carolina (1975)
Pieza teatral
Examinado (1955)
En otras publicaciones
La causa -relato- Life (1960)
Marcado -cuento- Baires (1963/64)
La espera -cuento- Latinoamericana (1972)
A la diestra -cuento- Casa de las Américas (1978)
Entre 1972 y 1976 se publicaron en la revista Crisis, artículos y cuentos.
Testimonios de su desaparición
A Haroldo Conti, que era escritor argentino de los grandes, le advirtieron en octubre de 1975 que las Fuerzas Armadas lo tenían en la lista de agentes subversivos.
Por esos días me escribió una carta a Bogotá en la cual era evidente su estado de tensión. "María y yo vivimos prácticamente como bandoleros -decía-, ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave". Y terminaba: "Abajo va mi dirección, por si sigo vivo". Esa dirección era de la casa alquilada en el número 1205 de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo, donde siguió viviendo sin precauciones de ninguna clase hasta que un comando de seis ho,bres armados la asaltó a media noche, nueve meses después de la primera advertencia, y se lo llevaron vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron desaparecer para siempre.
Gabriel García Márquez
del artículo "La última noticia sobre el
escritor Haroldo Conti". Rev. Proceso,
México 20 de abril de 1981
¿Está muerto? Quién sabe. Hoy hace una semana que lo arrancaron de la casa. Le vendaron los ojos y lo golpearon y se lo llevaron. Tenían armas con silenciadores. Dejaron la casa vacía. Robaron todo, hasta las frazadas. Los diarios no publicaron una línea. Las radios no dijeron una palabra. El diario de hoy trae la lista completa de las víctimas del terremoto de Udine, en Italia. Hoy Marta me estrujó, llorando, y me dijo: "Dame fuerzas". Ella estaba en la casa cuando ocurrió. También a ella le habían vendado los ojos. La dejaron despedirse y se quedó con un gusto a sangre en los labios. Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.
Eduardo Galeano
Buenos Aires, 12 de mayo de 1976
publicado en Crisis Nº 38 y en el diario
Excélsior, de México el 6 de junio de 1976
En la casa de la calle Fitz Roy, con Mario Benedetti y Marta Scavac.
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Martín Fierro en La Habanapor Omar Felipe Mauri

Cuándo llegó realmente Martín Fierro a Cuba? Como tantos hechos de su vida, éste resulta bastante impreciso. Gaucho de pocas palabras y demasiadas acciones, no lo pensó dos veces y cruzó la mar. Para mí la tierra chica -dijo en cierta ocasión.
Al momento de su nacimiento (en 1872 se publica la primera parte y en el 1879, la segunda), la isla libraba su primera guerra de independencia contra el colonialismo español, y esta circunstancia, más el clima revolucionario que sucedió al efimero pacto de paz, le abrieron las puertas.
También influyó el emblemático acercamiento entre Argentina y Cuba, representado por el apóstol de la independencia cubana, José Martí, organizador de la guerra de 1895 por la definitiva liberación de la metrópoli y poeta visceral.
Lo cierto es que llegó, sin saberse cuándo, y de los sectores cultos que podían acceder a su obra, a los sectores populares (tabaqueros, campesinos, obreros, etcétera), no le bastó más que un paso.
De los torcedores de tabaco es la desconcertante costumbre de la lectura de tabaquería. Desde un estrado, con una bocina de hojalata, un obrero leía durante ocho horas las noticias de la jornada y toda la buena literatura que sus compañeros tuvieran a mano: Cervantes, Zolá, Balzac, Blasco Ibañez, Hugo, Galdós y Payro... Los mejores libros del mundo pasan todavía por nuestras fábricas y por supuesto, donde otro criollo pasa,/ Martín Fierro ha de pasar. ¿Cómo privarlo de sus compañeros de humildad?
Pero donde halló la más rotunda hermandad fue en la tradición de la poesía campesina cubana. Indudablemente, ella parte de la misma semilla que la poesía gauchesca. La décima y la controversia son para el guajiro de Cuba, lo que la cuarteta o la sixtilla y la payada para el gaucho. Campesinos y gauchos tenían en común algo más que la poesía: eran la vida y la suerte desgarradas, y una sociedad hostil.
No fue, sin embargo, que a través del libro Martín Fierro llegara a los campesinos analfabetos y explotados (Pues esa miseria vieja,/ No se remedia jamás;/ Todo el que viene detrás/ Como la encuentra la deja), sino en la voz de algunos repentistas (poetas decimistas). Por esta vía, no podían ser muchos sus amigos de entonces.
Sólo al triunfo de la Revolución (1959), su gesta cultural y humanizadora le dio el verdadero sentido a la aventura cubana del incorregible gaucho. Inmediatamente, amplios fragmentos de la obras aparecieron en los textos escolares de todas las enseñanzas a medida que se producía la reforma y el acelerado desarrollo educacional que trajo consigo la Revolución. Después, los programas de la enseñanza secundaria (8° grado, equivalente a 13-14 años de edad) lo incluyeron íntegramente, y las especialidades de humanidades y letras le conceden un lugar preferente, dentro de un amplio proceso de consolidación de las literatura nacionales y como muestra irrevocable de identidad común y unidad. Por el romanticismo se sublimó la fuerza interior del continente. Sólo en la década del 70, las tres ediciones de su obra se acercaron al medio millón de ejemplares. Especial mención requiere la realizada por la Editorial Gente Nueva (1978) para el público juvenil. Hoy resultaría un verdadero hallazgo bibliográfico encontrarnos con una de esas ediciones en alguna venta de libros de uso.
También desde entonces, Martín Fierro firmó con su puño los versos de muchos poetas cubanos que, por vez primera hallaron ocasión de publicar sus obras: Jesús Orta Ruíz (El Indio Naborí), Raúl Ferrer y otros que se iniciaron en las letras en las décadas del 60-70: Luis Suardíaz, Jesús Cos Cause y Waldo González López -a quién pertenece este Cantar:
Yo nunca le canto al hombre/ de la frente gris y baja;/ yo canto al que ama y trabaja/ y al que su acción asombre./ Que yo no le canto al hombre/ de la derrota en la frente;/ yo canto al que vida siente/ para que salte su vida./ Canto mi canción sentida,/ sentida pero valiente. Y por tratarse de la aventura infinita de un héroe vivo, Martín Fierro sigue vigente en la obra de las más jóvenes generaciones de Encarnación de Armas y Felicia Hernández Lorenzo -por sólo citar dos de ellas. De la primera, es la décima Mis manos:
Mis manos, mis manos son/ dos propósitos de armiño;/ para acariciar un niño/ o tocar un corazón./ Mis manos, siempre en acción/ por todas las causas buenas,/ a veces las siento ajenas,/ casi huyendo de mi ser,/ como queriendo romper/ ligaduras y cadenas.
Mi poesía:
Mi poesía es raíz/ que perfuma si se besa./ Mi poesía es promesa/de una realidad feliz./ Es como una cicatriz/ de la ilusión en el centro/ y en un musical encuentro/ con desconocidas cosas,/ es un haz de mariposas/ sin alas que llevo adentro. Y de Felicia Hernández, bajo el aliento descarnado e irónico de su "pariente" argentino, son estos versos: Mediocridad.
Esta señora perversa/ que no escatima ambiciones/ triunfa a veces por razones/ de complejidad diversa./ La verdad se tergiversa/ y nadie aclara el misterio/ -¿o es mejor callar?- En serio:/ hay que incinerarla ; engaña/ con su atavío y nos daña/ cuando esgrime su criterio.
Lapidarias y feroces, porque del gaucho lo aprendió, son las décimas de uno de sus más fieles seguidores, Fermín Carlos Díaz. En dos de sus libros dedica sendos poemas a Martín Fierro:
Consejo
No des un no a la alegría,/ mira que el vivir atento/ es el mejor testamento/ contra la melancolía./ Entrega en ti poesía/ luz que inunde cada nube,/ y jamás digas yo tuve,/ siempre di tengo, tendré,/ que en ese dar tanta fe/ todo el que empeña, sube.
Versos, balas, banderas
(Yo no soy cantor letrao...
Martín Fierro)
No soy poeta letrado
Ni soy un hombre de ciencia,
Mas junto aquí la experiencia
De todo lo transitado.
Nunca miro hacia el pasado
Con nostalgias pasajeras
Ni mutilo primaveras.
Desde un presente seguro
Me espera siempre el futuro
Con versos, balas, banderas.
Por suerte o por desgracia, Martín Fierro vino a dar en una isla que no conoce la desmemoria. Estoy seguro que él tampoco podrá olvidarnos.
ilustraciones de
Juan C. Castagnino
tomadas del libro El Gaucho Martín Fierro
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Francisco Henríquez
Matanzas - Cuba
José Martí
En el 145 aniversario de su nacimiento
El mundo te habrá visto de soslayo,
pero tú proseguiste el derrotero,
que te trazara la visión de enero
para prender, de la justicia, el rayo.
Ni cárcel, ni cadena, ni desmayo
te aminoran el ímpetu gerrero.
Tu mirada brilló como un lucero
la tarde aquella del glorioso mayo.
Las alas y las crines de tu equino
volaron por encima de El Turquino,
-monumento que nadie te derriba-.
Y al reflejarse tu figura ecuestre
sobre las aguas del Contramaestre,
la corriente corrió montaña arriba.
de su libro; Sonetos Cósmicos y Líricos - 1999
Queja lejana
I
¡Ya ves! Esta vez tu grito
no cayó en un saco roto.
Tu voz -hálito remotoriega
mi huerto marchito.
Tu voz cruza El Infinito
por ser la dueña del ala,
y tan hondamente cala
por mis abstractos países,
que sobre los días grises
viste de esplendente gala.
II
Tu grito es como la esencia
que un nuevo fulgor augura,
-relámpago en que fulgura
mi nocturna transparencia-.
Donde imanta su cadencia,
se hospeda el color del cielo,
y se envuelve en tanto celo
la impaciencia del sonido,
que de la orfandad del nido
levanta rumor el vuelo.
"...pero hay muertos de tal suerte
que con los brazos en cruz
tiene suficiente luz
para superar la muerte"
Jesús Orta Ruiz
Oscar Abel Ligaluppi (*)
¡Inmenso Vate! No te digo abur
porque sólo partiste hacia un país
de combado horizonte y es de lis
tu voz que llega al infinito azur.
Con tu palabra, de virtuoso augur,
libras las rutas de su intenso gris
y hay un monte de luz que subís
desde tus prados en el Reino Sur.
Las Pampas lloran cuentas de rocío.
El Plata, más de plata que de río,
se desborda de arpegios y donaires.
Y las voces de Borges y Gardel
cantan tu gloria sobre el carrusel
que circula el confín de Buenos Aires.
(*) Oscar Abel Ligaluppi era Director del Editor Interamericano. Falleció en
Buenos Aires el día 4 de abril de 2000.
Cuando muere un poeta
Cuando muere un poeta marca el duelo
sus límites, con rayos tremebundos,
y en las horas se vuelven los segundos
como enjambres de penas en un vuelo.
La noche impone sobre el sol su velo,
y se ahueca de abismos tan profundos
que ladran como canes iracundos
los clásicos panteones. ¡Y arde el cielo!
Converge su camino en un recodo
del sueño ilimitado, donde el lodo
jamás se ha visto ni con voz remota.
Yo le auguro, de mármoles, un parque:
¡Base de un nicho superior que abarque
los ámbitos que el tiempo nunca agota!
de su libro; Sonetos Cósmicos y Líricos - 1999
Francisco Henríquez nació en Unión de Reyes, Matanzas, Cuba. Es miembro Fundador de la Academia Poética de Miami y Director, hasta 1998, de la Gaceta Lírica, Órgano Oficial de dicha Academia. Desde 1996 dirige la revista literaria Carta Lírica. Ha obtenido más de treinta premios literarios en certámenes iberoamericanos.
En la actualidad reside en la ciudad de Miami.
Obra editada:
Reflejos; primera edición 1973 - segunda edición 1986.
Jardines de la rima; primera edición 1993, segunda edición 1994.
Desde lo más recóndito; 1996
Antología Décimas Cubanas de dos orillas; 1998
Sonetos Cósmicos y Líricos; 1999
Ha publicado además, una decena de cuadernos de poesía.
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Recién Nacidacosas que yo tenía que haber aprendido en el grado, de sumas y de países, cosas que no me entran. ¿Y qué te gustar hacer?, me dijo. Ir al almacén, a la frutería, a lo del tintorero. Pero los que más me gusta es comprar carne. Y cortar carne, agarrarla, golpearla contra la tabla, el hígado, tirarle un pedacito al gato, esperar que se lo coma, tirarle otro, esperar que se lo coma, escucharlo maullar, entonces le hago desear el pedacito, se lo muestro, se lo acerco, lo huele y me mira, y yo le digo: ¿Qué quiere usted?, y él me contesta. Y mirar al carnicero, cómo afila la cuchilla, con esos brazos que tiene, unos brazotes así, todo peludo, como el novio de la señora, cómo corta los bifes. Me causa impresión. Y las milanesas. Silba siempre lo mismo, músicas españolas. Aunque esté sudando se sonríe, hace movimientos grandes, se toca la punta de los bigotes con el labio de abajo. Y levanta las cejas. Él, la goza cuando lo miran, y yo, cuando quito la grasa a la "tortuguita" para el gato. La señora me dice que soy una artista para eso. Como el carnicero. Y como ella. Ella bailaba y hasta cantaba en un teatro. Una tarde puso un casete y bailó para que yo viera. Cuando era más joven le sacaron fotos en una revista. En la misma revista en la que salió mi papá cuando le tiró un tiro a mi mamá, delante mío. Mi papá estaba chupado y gritaba que las arañas no me dejan tranquilo; me decía: Nena sacame las arañas, y yo no veía nada, veía a mi mamá. Me acuerdo de todo, de mis hermanitos, de mi abuela, de mi padrino, de todos, de todos todos. Todos los días me acuerdo de todos. Desde que nací. Y además ahora me acuerdo de que el novio de la señora me quería tocar y que yo estoy en la edad del desarrollo, y la señora cuando supo me pegó a mí, a él lo puteaba y le tiraba tazas y platitos, y él se la agarró conmigo, me corrió, decía que yo lo buscaba, me escapé por la ventana del baño y estuve en la calle tres días, medio renga. Después volví: porque llovía y tenía hambre. La señora se enojó por los nervios, pero es muy buena. Ella me sacó del instituto. ¿Les conté el cuento de la bebita recién nacida que vio cómo el padre mataba a la madre de un tiro en la boca?...
Rolando Revagliatti
de su libro: Muestra en Prosa
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Santa Rosa
"Beer
rivers and seas of beer
beer, beer, beer
the radio singing love
songs
as the phone remains silent
and the walls stand
straight up and down
and beer is all there is."
Ch. Bukowski
El 90 lo dejó en la esquina de Corrientes y Brausen. Subió caminando por Brausen, mortecinas las manos en los bolsillos, arrastrado el andar, como si los pasos no se decidieran a ser dados y silbando algo que pretendía, sin suerte, ser la milonga "Baldosa Floja". El barrio guardaba aún cierto encanto que el suyo ya no tenía y que -conjeturó- este tampoco tardaría en perder: almacenes que destilaban olor a longaniza y roquefort para horror de las jovencitas que regresaban del dietólogo y solaz de los muchachos que compraban fiado y bebían cerveza en la vereda, señoras que empujaban orgullosas y ajenas sus changuitos rumbo al mercado con las cabeza coronadas por los ruleros que sus nietos no les habían podido robar para hacer gomeras, billares con enormes cortinas que recordaban haber sido blancas y polvorientos estantes poblados por polvorientas botellas de Pineral, cognac y Legui. En Guardia Vieja dobló a la derecha, caminó media cuadra y entró empujando la puerta con el pie. El mobiliario del bar -que incluía, sin duda, al mozo español- era austero, previsible y perfecto: seis mesas, treintaitantas sillas y una barra; todo del mismo marrón oscuro y doliente. En la pared, tras la barra, un espejo gastado desdibujaba las imágenes de los jubilados que jugaban sus pequeñisimas fortunas al dominó o al tute y un cartel advertía sobre la prohibición de escupir en el suelo. Se sentó al lado de la ventana y frente a la puerta y pidió una cerveza.
- Bien fría y con maní -agregó. Sin poder imaginarse de otra manera o en otro lugar, haciendo lo suyo con desinterés y eficacia, el mozo se acercó con la cerveza y el plato con maníes y le sirvió el vaso hasta la mitad. Jotacé terminó de llenarlo y luego, usando la servilleta como palita, retiró los restos de espuma con teutona habilidad. La cerveza era, por suerte, cerveza y no Bieckert. Dio un largo trago y miró el cielo a través de la ventana. Empezaba a ponerse gris y estaba naciendo un viento espeso que en pocos segundos levantó algunas hojas del piso, el pelo y la pollerita azul de una preciosa adolescente y las posibilidades de que llegara, al fin, la retrasada tormenta de Santa Rosa. Tomo otro trago. La cerveza era mejor que el viento fresco en septiembre, que las piernas desnudas de la quinceañera de pollerita azul, mejor que el bar y el mozo viejo. Mejor que los billares y los almacenes casi perdidos. Esa cerveza fría le estaba dando, sencillamente, sentido y valor a las cosas. Sentido a la tarde, valor a él.
Miró el tiquet sobre la meza e hizo un arqueo mental de lo que le quedaba en la billetera. Le alcanzaba para una más y lo que sobraba no llegaba a pagar un boleto de colectivo.
- Si todo sale bien me vuelvo a casa en taxi y sino -tragó la idea con lo que le restaba del vaso- sino, patrullero o ambulancia, alguien se va a ocupar de llevarme a algún lado.
- Otra -dijo levantando la botella vacia.
Tomó la segunda cerveza de a poco, paladeando cada trago, poniendo especial antención en la ceremonia de la servilleta y la espuma que le había enseñado muchos años atrás el viejo Von Reuher. Al maní le faltaba sal. A la cerveza no le faltaba ni le sobraba nada, 650 centímetros cúbicos de un milagro amarillo con una completa ausencia de defectos. Cuando la terminó llamó al mozo, le dio los tres billetes apenas arrugados y, sin esperar el magro vuelto, se levanto diciendo gracias.
En el baño tuvo que escuchar comentarios acerca de la locura del tiempo, del nuevo -y obvio- triunfo de River sobre San Lorenzo y de la escasa ropa que insistían en ponerse las porteñas, hasta que el tipo del mingitorio contiguo, que había entrado detrás suyo y parecía apurado o nervioso, terminó y salió sin lavarse las manos. Cuando se quedó solo se lavó la cara dos veces y se miró en el espejo: estaba bastante cansado y un poco aburrido pero conservaba la fiereza. Después revisó el 38. Las balas, el tambor, el seguro.
- Algo viejo, algo magullado -sonrió mientras lo guardaba entre el cinturón y la espalda- pero todvía fuerte, leal.
Cruzó la calle mientras trataba de decidir cuanto tardaría en ponerse a llover. Actuó como un viejo lobo profesional -con rapidez, tranquilidad y orden- y en cuatro minutos todo estaba donde debía estar: los tres empleados encerrados en el baño, la plata de la inmobiliaria en su bolsillo, Jotacé camino a casa.
Subió caminando por Brausen, inquietas las manos sobre el fajo de billetes, firme el andar, tararenado muy bajito una melodía confusa. Apenas antes de llegar a Cordoba sintió las primeras gotas en la cara. Entonces apuró el paso y en la esquina paró un taxi.
- Avellaneda y Diaz Grey, por favor -dijo, mientras la tormenta se desataba sobre Buenos Aires.
Enrique Ferrari
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Memoria del paraíso
Hoy mi corazón es el barco y la marea más empinada, el naúfrago y la isla más antojadiza, la tormenta y las nubes menos prometedoras. Porque el cuerpo camina adelante y el alma atrasada, vagabundea sin alcanzarlo.
Hoy mi corazón es la dicha y la desdicha, la memoria de un fragmento del paraíso escondido entre las vestiduras, el silencio y el quejido simultáneos, las palabras escritaspor impronunciables. Guardo para siempre los tesoros del amor, en altillos simulados lo mas lejos de las vanidades, a la espera que el amanecer me recuerde mi olvidada memoria del paraíso.
Gustavo Carmona
Buenos Aires Septiembre 1999
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MALDOROR
Presentación de su número doble
Claudio González Baeza, junto al Directorde Maldoror, Rodolfo Álvarez
Ediciones de la Pampa Chata, que dirige el poeta Rodolfo Álvarez, presentó el nuevo número de su publicación Maldoror, ejemplar doble en donde se publican a setenta poetas y cinco ilustradores. La presentación de la misma, se llevo a cabo en Beckett, Teatro-Bar de Palermo, el día 15 de Diciembre. En la ocasión dirigió unas palabras Rodolfo Álvarez y leyeron sus textos algunos autores que fueron publicados, tales como Rolando Revagliatti, Carmen Bruna, Santiago Perednik, Pablo Beker, Hilda Mans, Roberto Cignoni, David Birembaum, Javo Lolen, Oscar Baldomá entre otros.
El Grupo de Teatro de Serafin, de la ciudad de Junin, ofreció la representación de un largo poema realizado de fragmentos de los poemas publicados en este número. El mismo estaba conformado por Carolina Beato, Marga Chiaron, Viviana Blaiotta y Sonia Rodríguez.
Continuando su peregrinar, Maldoror también se presentó en el interior del país. En el pasado mes de Enero fue la ciudad de Córdoba quién los recibió en el Teatro Apeiron. Para el día 2 de Junio está programado arribar a la ciudad de Rosario, en el Teatro El Altillo. En estas dos oportunidades, los autores de las distintas ciudades que visitan son quienes leyeron y leerán sus trabajos.
Claudio González Baeza
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Libros recibidos
Antología de la Poesía Cósmica de Félix Pita Rodríguez - Frente de Afirmación Hispanista A. C. - México 1999.
Antología de la Poesía Cósmica de Cristina La Casa - Frente de Afirmación Hispanista A. C. - México 2000.
En un Puño Oscuro - Alejandro Schmidt - Ed. Radamanto - Córdoba-Argentina 1998.
Como una Palabra que Pudiste Decir - Alejandro Schmidt - Ed. Radamanto - Córdoba-argentina 1998.
N. Y. Postales Para Enviar a los Amigos - Eduardo Dalter - Ed. Poéticas del Nuevo Cántaro - Buenos Aires 1999.
Algunas Palabras Contra la Pequeñez de Muerte - Rodolfo Álvarez - Ed. Salido - Junin-Buenos Aires 1991.
Paisaje Primavera - Rodolfo Álvarez - Ed.Salido - Junin-Buenos Aires 1991.
Biografeo/Distraigo - Rodolfo Álvarez - Ed. Nuevo Milenio - Buenos Aires 1992.
Muestra en Prosa - Rolando Revagliatti - Stevenson Librería Ed. - Buenos Aires 1994.
Revistas Recibidas
La Gaceta de Cuba Nos. 4 y 5 - Dir. Norberto Codina - Calle 17 # 354, El Vedado, La Habana 10400-Cuba - Gentileza de Omar Felipe Mauri Sierra
Agua Clara Nos. 7 y 9 - Dir. Hugo D’andrea - Serrano 4132 -1665- José C. Paz - Buenos Aires
Flores de Papel Nº 7 - Dir. Roberto D’anna/Pablo Calderón - Av. Avellaneda 2487 P.B. «A» -1406- Capital - Gentileza de Rolando Revagliatti
O Boemio - Dir. Eduardo Warck - Rua José Rosa 215 - Boa Vista Matâo (SP) CEP 15.990-00 - Brasil - Gent. Rolando Revagliatti
Papirolas Nº 29 - Dir. Norma Padra - C.C. 37 Suc. 49 (b) C1449CEI - Capital
Repertorio Americano Nº 4 - Editor Julián González - Apartado 86, Heredia 3000 - Costa Rica.
Carta Lírica Año V Nº I - Dir. Francisco Henríquez - 130, N. W. 189th St. - Miami, FL. 33169 - USA.
Carpeta de Poesía Argentina Nos. 9/10/11/12 - Dir. Alejandro Schmidt - Parajón Ortíz 696 -5900- Villa María - Córdoba-Argentina
Cuaderno Carmín de Poesía Nº 9 - Dir. Eduardo Dalter - Rep. de Chile 1020 -1754- San Justo - Buenos Aires-Argentina
Maldoror Nº 5/11 (doble) - Dir. Rodolfo Álvarez - San Lorenzo 373 -6000- Junin - Buenos Aires-Argentina
Francachela Nº 14 - Dir. Gloria González Espinoza - Ed. Carlos Aránguiz Zúñiga - Casilla 34-D - Coyhaique-Chile
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La Bota
Literaria
Buenos Aires - Mayo 2000
Dirección
Claudio González Baeza
Colaboraciones
Gustavo Carmona - Rolando Revagliatti - María Pugliese
Omar Felipe Mauri - Francisco Henríquez - Enrique Ferrari
Daniel Grad
La Bota Literaria es una publicación de:
Ediciones del Árbol
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República Argentina
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